Hablar con Dios en tus propias palabras: la práctica más simple

Rabino Moshé Armoni · 5 de agosto de 2026 · 8 min de lectura

Figura de espaldas hablando hacia un campo abierto al amanecer, imagen de hablar con Dios

En resumen

Rabí Najmán de Breslov enseñó una práctica llamada hitbodedut: apartarse un rato cada día y hablar con Dios en el idioma propio, con las palabras de uno, sobre lo que sea. Sin fórmulas y sin requisitos. Es la forma de plegaria más simple que existe y la más difícil de empezar.

La plegaria que nadie te enseñó

Mucha gente aprendió que rezar es decir palabras que escribió otro, en un idioma que quizá no entiende, en un momento determinado, en un lugar determinado.

Y para muchos eso funciona, y es hermoso.

Pero hay una enorme cantidad de personas que sienten lo mismo: están diciendo un texto, y no están hablando con nadie.

Rabí Najmán de Breslov enseñó algo distinto, y lo enseñó como práctica central y no como complemento:

Apártate un rato cada día y habla con Dios como hablarías con un amigo cercano. En tu idioma. Con tus palabras. Sobre lo que sea.

Se llama hitbodedut — que significa apartarse, quedarse a solas.

Las tres condiciones

Y son las únicas tres.

1. Solo. Un lugar donde nadie te escuche. Un cuarto con la puerta cerrada, el auto, una caminata. Que nadie escuche es la condición práctica más importante, porque decide si te vas a permitir hablar de verdad.

2. En voz alta. Esta es la que más cuesta y la que más importa.

Pensar no es hablar. La voz lo convierte en un encuentro. Escuchas tu propia voz diciendo lo que hasta ahora solo pensabas, y ahí pasa algo distinto.

3. Con tus palabras. Las tuyas. Como hablas realmente. Si dices groserías cuando estás enojado, se dicen. No hay un registro obligatorio.

Eso es todo. No hay más requisitos.

Qué decir

La respuesta corta: lo que sea.

Rabí Najmán fue explícito en esto: se puede hablar de todo. De lo que te preocupa, de lo que te falta, de lo que te salió mal, de lo que te da vergüenza, de lo que ni siquiera sabes nombrar.

Cuatro cosas que suelen abrir la práctica cuando alguien empieza:

Lo que te pasó hoy. Literalmente contarlo. Como se lo contarías a alguien que te quiere.

Lo que te falta. Pedirlo, con nombre y apellido. Sin envolverlo en fórmulas elegantes.

Lo que agradeces. Concreto. Sobre esto escribí en la gratitud que sí cambia algo.

Lo que te enoja. Y aquí quiero detenerme, porque es la parte que más libera.

Sobre estar enojado con Dios

Respuesta corta: la tradición admite el reclamo dirigido a Dios. Los profetas reclamaron, los salmos reclaman, y varios de los grandes maestros lo hicieron abiertamente. El reclamo es una forma de relación; el silencio es una forma de distancia.

Mucha gente se aleja exactamente en este punto.

Pasó algo terrible. Murió alguien. Se rompió algo que no debía romperse. Y entonces aparece un enojo enorme — y con él, la sensación de que ese enojo está prohibido.

Así que se guarda. Y con el enojo guardado, se guarda toda la relación.

La tradición no funciona así.

Abraham discute. Moshé reclama. Los salmos están llenos de preguntas duras: ¿hasta cuándo? ¿por qué te escondes? Y Rabí Najmán, en Likutey Moharán, va todavía más lejos: enseña que decir el dolor —incluso el reclamo— es en sí mismo una forma de acercamiento.

Un reclamo dicho es una conversación. Un reclamo guardado es una puerta cerrada.

Y hay algo que veo pasar una y otra vez: cuando alguien finalmente dice en voz alta ese enojo que llevaba años guardando, casi siempre llora. Y ese llanto es el trabajo ocurriendo. Sobre eso escribí en por qué lloro sin razón.

La práctica más antigua que se conoce

Respuesta corta: la plegaria personal en las propias palabras aparece en las fuentes mucho antes de que existiera cualquier fórmula fija. Las primeras plegarias de la Torá son conversaciones espontáneas, y los salmos incluyen explícitamente la plegaria de quien no encuentra palabras.

Vale saber que esto es antiguo, y no una versión moderna y suavizada de la plegaria.

La primera mención de alguien saliendo a hablar a solas aparece en el relato de Itzjak, que sale al campo al caer la tarde (Génesis 24:63). La tradición lee ese versículo como la fuente misma de esta práctica: un hombre, un campo, el atardecer, y una conversación.

Sin texto. Sin horario fijo. Sin nadie mirando.

Y hay un salmo que va todavía más lejos, y que me parece el más generoso de todos con quien no encuentra las palabras.

Su encabezado lo describe así: la plegaria del afligido, cuando desfallece y derrama su lamento (Salmos 102:1).

Fíjate en lo que ese título hace: le da nombre y lugar a la plegaria de alguien que está deshecho. No a la de quien tiene claridad y orden, sino a la de quien apenas puede hablar.

Está dentro del libro. Tiene un número. Y forma parte del canon.

Los sabios añaden en la misma línea que las puertas de las lágrimas permanecen abiertas incluso cuando otras se cierran (Berajot 32b) — y sobre eso escribí en por qué lloro sin razón.

Lo que estas tres fuentes dicen juntas es una sola cosa, y quiero que la tengas presente cuando te sientes a hacerlo:

La forma menos pulida de hablar es la que la tradición reconoce primero.

Qué pasa si no sale nada

Es lo más común al principio, y quiero que estés preparado.

Te sientas, empiezas a hablar, y aparece el silencio. O la sensación de estar haciendo algo ridículo.

Rabí Najmán respondió a esto con una enseñanza que me parece de las más compasivas de toda la tradición:

Aunque no puedas decir nada, quédate ahí igual. El hecho de estar dispuesto, de apartarte y de intentarlo, ya es la plegaria.

Y agrega algo práctico: se puede empezar diciendo justamente eso. «No sé qué decir. No siento nada. Estoy acá igual.»

Eso ya es hablar. Y con frecuencia, después de decir esa frase, empieza a salir todo lo demás — porque el obstáculo casi nunca fue la falta de contenido, sino el permiso para empezar sin tenerlo ordenado.

La práctica, en concreto

Cuándo: el mismo momento cada día. Muchos eligen la noche; otros, la primera hora. Lo importante es la regularidad.

Cuánto: empieza con cinco minutos. Cinco. La práctica clásica es más larga, y quien empieza con una hora abandona en tres días.

Dónde: donde nadie escuche. El auto es de los mejores lugares para quien vive con gente.

Cómo empezar: literalmente diciendo «hola». Y después contando el día, en el mismo tono en que se lo contarías a alguien que te quiere y que tiene tiempo de escuchar.

Y una sola indicación más: cuando aparezca la incomodidad — y va a aparecer — sigue igual. La incomodidad se va alrededor del cuarto o quinto día, y lo que queda después es una conversación que empieza a fluir sola.

Los cinco obstáculos, y qué hacer con cada uno

Después de años recomendando esta práctica, estos son los cinco motivos por los que la gente la abandona. Los cinco tienen solución.

1. «Me siento ridículo hablando solo.»

El más común, y desaparece antes de lo que crees. Alrededor del cuarto día. Ayuda mucho empezar en el auto: hablar solo ahí ya es socialmente normal.

2. «No sé si hay alguien escuchando.»

Y aquí una respuesta que sorprende a muchos: la práctica funciona igual mientras lo averiguas. Decir en voz alta lo que llevas dentro ordena, descarga y aclara, con independencia de dónde estés parado en esa pregunta.

De hecho, esa duda es un contenido perfectamente válido para decir en voz alta. «No sé si estás. Te lo cuento igual.»

3. «Empiezo y me distraigo.»

Normal. La mente se va. Traerla de vuelta es el ejercicio, exactamente igual que en la meditación — y de eso escribí en meditación cabalística.

4. «Termino pidiendo siempre lo mismo.»

Buena señal, en realidad: eso que se repite es lo que más pesa. Y cuando algo se repite en la vida y también en la plegaria, conviene mirar su raíz — es el principio que sostiene todo este blog, desarrollado en patrones familiares que se repiten.

5. «Lo dejé una semana y ya no volví.»

El obstáculo real, y el único que importa de verdad.

La solución es no reiniciar. Volver, sin balance de los días perdidos y sin propósitos nuevos. Cinco minutos, hoy. La práctica sigue exactamente donde estaba.

Por qué esto pertenece a este blog

Porque en este trabajo aparece material que necesita a dónde ir.

Cuando alguien descubre lo que cargó de su linaje, cuando nombra un duelo de hace ochenta años, cuando escribe una carta de perdón — se abre algo que pide un lugar.

La plegaria personal es ese lugar. Y a diferencia de todo lo demás, está disponible siempre, gratis, y sin necesitar a nadie más.

Es la herramienta más simple del método, y la que más gente sigue usando años después.

Lo que cambia con el tiempo

Tres cosas que aparecen cuando la práctica se sostiene, y que casi nadie anticipa.

Primero, cambia lo que dices. Las primeras semanas casi todo el mundo habla de problemas: lo que falta, lo que salió mal, lo que preocupa. Con el tiempo empieza a aparecer otra cosa — lo que se agradece, lo que se pregunta, lo que se quiere de verdad.

El material se profundiza solo, sin que nadie lo dirija.

Segundo, aparecen respuestas. No voces ni señales. Claridad. Vas a decir algo en voz alta y en mitad de la frase vas a entender lo que estaba pasando.

Ocurre con frecuencia, y tiene una explicación sencilla: al escucharte, te oís desde afuera. Y desde afuera se ve lo que desde adentro estaba tapado.

Tercero, se vuelve un lugar al que ir. Después de unos meses deja de ser una tarea y pasa a ser un sitio: el único rato del día donde no hay que administrar la reacción de nadie.

Para quien sostiene a otros todo el tiempo, ese rato es más valioso de lo que parece desde afuera.

Preguntas frecuentes

¿Cómo hablo con Dios si no sé rezar?

Apartándote a un lugar donde nadie te escuche y hablando en voz alta con tus propias palabras, como le hablarías a un amigo cercano. No hacen falta fórmulas ni un idioma especial. Puedes empezar diciendo «hola» y contando tu día.

¿Qué es el hitbodedut?

Es la práctica que enseñó Rabí Najmán de Breslov: apartarse un rato cada día para hablar con Dios en el idioma propio, sobre lo que sea. Sus tres condiciones son estar solo, hablar en voz alta y usar las palabras de uno.

¿Se puede estar enojado con Dios?

Sí, y la tradición lo admite. Abraham discute, Moshé reclama, los salmos preguntan con dureza. Rabí Najmán enseña que decir el dolor, incluso el reclamo, es una forma de acercamiento. Un reclamo guardado, en cambio, cierra la relación.

¿Qué hago si no me sale nada?

Quedarte ahí igual. Rabí Najmán enseña que la disposición misma —apartarse e intentarlo— ya es plegaria. Puedes empezar diciendo exactamente eso: «no sé qué decir, y estoy acá».

¿Cuánto tiempo debe durar?

Empieza con cinco minutos diarios. La práctica clásica es más extensa, y quien empieza con demasiado tiempo suele abandonar en pocos días. La regularidad importa mucho más que la duración.

¿Hace falta ser religioso?

La práctica no exige pertenencia ni conocimiento previo. Se trata de hablar en voz alta, a solas, con las palabras propias. Personas de tradiciones muy distintas la usan.

¿Por qué en voz alta y no mentalmente?

Porque la voz convierte el pensamiento en encuentro. Escuchar la propia voz diciendo lo que hasta ahora solo se pensaba llega a un lugar distinto, y es la diferencia entre repasar algo y decirlo.

Ver todos los artículos · Conocer la mentoría